Quien ha tenido la fortuna de recorrer la franja costera que une Puerto Escondido con Huatulco, conoce un rincón del mundo capaz de encantar a locales y a extranjeros por igual. 

Tal vez la respuesta se encuentra en la suave arena dorada de sus playas, en el imponente oleaje del Océano Pacífico —que despliega una cautivadora gana de azules—, o en su peculiar mezcla de estilos entre lo hippie, lo rústico y lo indómito, que caracteriza a esta zona de Oaxaca. 

Es este Je ne sais quoi lo que, desde hace décadas, ha convertido la costa oaxaqueña es un atractivo paraíso para los aventureros que sólo necesitan sumergirse en el mar, sentir la calidez del sol en la pel y deleitarse con una gastronomía envidiable, así como con el exquisito mezcal de la región. 


Para ello, el primer esquema consistió en buscar un patio interno en forma de cruz, que articulara los cuatro volúmenes que configuran el proyecto, siempre tomando en cuenta la eficiencia espacial y la búsqueda de las vistas que ofrece la punta en la que se sitúa el terreno.

Así, Casa Naila se erige como una residencia de playa que deslumbra por su luminosa simplicidad, por su sencillez bohemia y por ser en sí misma —y en cada uno de sus detalles— un verdadero homenaje a lo oaxaqueño.

“La inspiración fue Oaxaca: los materiales, las costumbres, la manera en la que se cocina. Casa Naila honra a Oaxaca en todos los sentidos”, concluyó el arquitecto.